lunes, 18 de mayo de 2026

EL ENGAÑIABOBOS: LO QUE NO SE EJERCITA SE PIERDE


Hay artículos que incomodan. Este es uno de ellos. Y precisamente por eso merece estar en la mesa de toda familia, en la sala de profesores, en cualquier espacio donde adultos responsables se pregunten qué mundo estamos construyendo para los que vienen detrás.

El escritor Juan Gómez-Jurado arranca con una imagen que desarma: los médicos que recomendaban fumar, la Guinness para embarazadas, la heroína Bayer para la tos infantil. Postales absurdas de otro tiempo. Y entonces lanza la pregunta que quema: ¿de qué nos reirán dentro de cuarenta años?

La respuesta, incómoda, ya la conocemos.

El artículo no es un panfleto tecnófobo. Es un diagnóstico sobre la abdicación del pensamiento: la nuestra y, por extensión, la de nuestros hijos. Describe con precisión quirúrgica algo que padres y educadores ya intuyen pero rara vez se atreven a nombrar: que estamos criando generaciones enteras a las que les estamos quitando el derecho a esforzarse, a equivocarse, a no saber —y a aprender precisamente desde ahí.

Un niño paralizado ante una multiplicación sin batería en la tablet. Una adolescente preguntándole a un chatbot qué debe sentir ante la muerte de su abuelo. No son anécdotas: son síntomas.

Lo que Gómez-Jurado pone sobre la mesa —y que todo educador reconocerá— es que el músculo del pensamiento crítico se atrofia exactamente igual que cualquier otro músculo cuando no se usa. Y que las grandes tecnológicas saben lo que hacen, igual que lo sabían las tabacaleras. No por casualidad emplea el mismo marco: los mismos despachos de relaciones públicas, los mismos expertos a sueldo, los mismos discursos sobre la libertad del consumidor adulto.

Leer este artículo no resuelve nada. Pero obliga a hacerse preguntas que sí lo pueden resolver: ¿Cuándo fue la última vez que dejé a un niño aburrirse en silencio? ¿Qué le estoy enseñando cuando le doy el móvil para que no moleste? ¿Qué modelo de pensamiento estoy transmitiendo cuando yo mismo delego en la máquina lo que podría construir con mis propias palabras?

La reflexión interpela especialmente a quienes acompañamos a las nuevas generaciones. Porque educar nunca fue solo transmitir información. Educar es enseñar a pensar, a discernir, a convivir con la duda, a construir criterio propio. Y eso requiere tiempo, esfuerzo y, a veces, silencio. Justo lo contrario de la inmediatez que hoy domina nuestras pantallas.

Este artículo merece ser leído no porque tenga todas las respuestas, sino porque se atreve a formular preguntas urgentes. Preguntas incómodas, sí, pero necesarias. Nos obliga a detenernos y pensar qué tipo de inteligencia queremos fomentar en nuestros hijos y alumnos: una inteligencia delegada en máquinas o una inteligencia humana capaz de comprender, crear, cuestionar y sentir.


No hace falta estar de acuerdo con todo. Hace falta leerlo. Y discutirlo. Y que esa discusión ocurra entre personas —sin asistentes virtuales de por medio.



Mostramos a continuación el artículo completo.

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EL ENGAÑIABOBOS


Cuánto tardaremos en darnos cuenta del coste de la inteligencia artificial y cuánto daño habrá hecho mientras tardamos en verlo, es la pregunta que nadie quiere formular

«Más médicos fuman Camel que cualquier otro cigarrillo». Es 1946 y un señor con bata blanca y bigote responsable te mira desde la página de la revista. En los años cincuenta, una embarazada radiante levanta una jarra de cerveza Guinness: le sentará de maravilla a usted y a su bebé. En otra página, un crío de tres años con chupete ríe junto a su botellín de vino tinto rebajado con agua, porque eso fortifica la sangre. En misma revista, unos años antes, el jarabe Bayer recomienda heroína para la tos infantil –«calma sin sedar»–. Hoy nos parecen postales de un planeta marciano. Reímos con la superioridad cómoda del que se cree a salvo.

Estropear la comodidad es tan sencillo como preguntar: ¿de qué nos reiremos dentro de cuarenta años?

Hagamos memoria, que es ejercicio cada vez más raro. Cuando yo era un crío, hacer un trabajo de clase significaba bajar a la biblioteca, abrir la enciclopedia –Espasa, Larousse, Salvat– y pelearse con un índice de dos kilos. Después llegó internet y abrimos la Wikipedia, y los profesores nos miraban como si hubiéramos copiado de la chuleta de un compañero más listo. La Wikipedia, decían, no es fuente fiable. La Wikipedia, ese chiste.

No estaban del todo equivocados, porque toda fuente puede manipularse y conviene contrastar. Lo que ninguno preveía es que un día echaríamos de menos aquella Wikipedia denostada, donde al menos había un autor humano, una cita, una página de discusión, alguien que había peleado por la verdad de cada coma. Hoy la Wikipedia parece la Británica al lado de un resultado de Google. Y un resultado de Google parece la Wikipedia al lado de la respuesta que arroja una IA en cuatro líneas mal escritas, sin firma, sin fuente y sin posibilidad de réplica. Hemos descendido tres peldaños y nos hemos convencido de que volamos.


Los niños de hace diez años buscaban en internet. Los de hoy no abren la calculadora. Para qué, si tienen el oráculo. Para qué dividir, multiplicar, conjugar, recordar. Para qué pensar.

Y no son solo los niños. Abogados que firman escritos con jurisprudencia inventada, médicos que se apoyan en diagnósticos automáticos, periodistas que entregan a las cuatro de la mañana columnas que nadie ha pensado. Una sociedad entera abdicando del esfuerzo a cambio de la dulzura inmediata del atajo.

Y mientras tanto, la IA. Todo es IA. El móvil trae un botón para la IA. WhatsApp tiene un 'widget' flotante de IA. Facebook sugiere conversaciones con IA. Word redacta por nosotros, el correo responde por nosotros, la nevera –dicen– pronto pedirá la cena por nosotros. Cualquier día nos pedirá la opinión por nosotros, y aplaudiremos.

Hemos dejado de preguntarnos qué es. Y eso, en cualquier sociedad mínimamente adulta, debería encender todas las alarmas.

Porque, ¿qué es la IA? Un pozo sin fondo de extracción del yo. Cada consulta, cada duda, cada pregunta íntima que tecleamos a las tres de la madrugada se convierte en mineral para refinar el modelo. Una disolución del individuo en la nube, al servicio de cuatro empresas californianas que no responden ante nadie. Sus consejeros delegados juran hoy ante el Congreso de Estados Unidos lo mismo que juraban hace treinta años los presidentes de Philip Morris: que su producto es seguro, que ellos son los primeros interesados en regularlo, que confiemos.

Pero hay algo peor, y es la otra mitad de la transacción: lo que nos llevamos a casa a cambio. Nos llevamos la atrofia. La pérdida de la inteligencia básica, esa que se construye lentamente cargando peso –memorizar capitales, resolver una raíz cuadrada, escribir un párrafo desde cero, leer un libro hasta el final, sostener un argumento sin ayuda externa, aburrirse quince minutos en silencio–. Nos llevamos la dimisión del pensamiento crítico, que es el músculo más caro de mantener y el primero que se pierde cuando se delega.

Y los niños, de nuevo, los niños. Que aprenderán a no aprender. Que tendrán todas las respuestas y ninguna pregunta. Que crecerán convencidos de que pensar es para listos y de que ellos no necesitan serlo, porque tienen una aplicación que lo hace por ellos.

He visto a un niño de 9 años quedarse paralizado ante un siete por ocho porque la 'tablet' estaba sin batería. He visto a una adolescente preguntarle a un 'chatbot' por la noche qué debía sentir ante la muerte de su abuelo. He visto a un universitario entregar un trabajo escrito íntegramente por la máquina y defenderlo, ofendido, porque él había escrito el 'prompt'.

Hablar de regular un mercado produce urticaria. Lo sé. Soy el primero al que le sale el sarpullido. Pero ni el más liberal de los liberales defiende ya que pueda venderse tabaco a un niño de doce años, ni cerveza a una embarazada, ni cocaína al portador. Esa pelea la dimos hace décadas, con esfuerzo, con tiempo y con muertos, y la ganamos a pesar de las tabacaleras, que durante cuarenta años contrataron médicos a sueldo, financiaron estudios, sembraron dudas científicas y compraron parlamentarios. Las grandes tecnológicas hoy hacen exactamente lo mismo, con manuales más sofisticados, los mismos despachos de relaciones públicas y los mismos discursos sobre la libertad del consumidor adulto.

La pelea por las redes sociales en la infancia la estamos empezando ahora, con el mismo desfase de medio siglo. Y solo ha costado unos cuantos cientos de suicidios adolescentes y trescientos mil casos de ciberacoso al año. Una nadería estadística. Un peaje razonable, dirán los algoritmos cuando aprendan a hablar como ejecutivos.

Cuánto tardaremos en darnos cuenta del coste del engañIAbobos –porque ese es su nombre verdadero, y lo será siempre– y cuánto daño habrá hecho mientras tardamos en verlo, es la pregunta que nadie quiere formular.

Pero alguien tendrá. Antes de que nuestros nietos vean nuestras fotos felices, abrazados a un asistente virtual, y se rían como nos reímos hoy del médico que recomendaba Camel. Con la diferencia, escalofriante, de que entonces solo se nos iba el pulmón. Esta vez se nos va la cabeza.


Juan Gómez-Jurado
Es escritor

Publicado en el diario ABC el 17 de mayo de 2026 






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