lunes, 29 de junio de 2026

Jonathan Haidt en España: «Lo esencial es mandar a los niños a jugar a la calle»


Por Francisco Rey


El psicólogo social más influyente del momento estuvo en Madrid la última semana de junio de 2026. Su mensaje para padres y educadores es claro: la infancia basada en pantallas está dañando a toda una generación, pero hay salida.


El 25 de junio de 2026, la Fundación Rafael del Pino llenó su auditorio con profesores, psicólogos, padres y responsables de políticas educativas. Todos querían escuchar a Jonathan Haidt, el psicólogo social de la Universidad de Nueva York cuyo libro La generación ansiosa (Deusto, 2024) se ha convertido en uno de los ensayos más debatidos e influyentes de los últimos años. Al día siguiente, Haidt fue recibido en La Moncloa por el presidente Pedro Sánchez, señal de hasta qué punto su mensaje ha trascendido el ámbito académico para convertirse en agenda política.


¿Qué dice este investigador que tanto revuelo está provocando? Y sobre todo: ¿qué pueden hacer concretamente padres y educadores con todo esto?


El punto de inflexión: algo se rompió alrededor de 2012


Haidt lleva años estudiando una pregunta muy concreta: ¿por qué la salud mental de los adolescentes empezó a deteriorarse de forma brusca a principios de los años 2010? Las estadísticas son difíciles de ignorar. Las tasas de depresión y ansiedad en Estados Unidos, bastante estables durante la década anterior, se dispararon más de un 50% entre 2010 y 2019. El mismo patrón se repite en el Reino Unido, Australia, Canadá y, con matices, en España y el resto de Europa.


La coincidencia temporal con la masificación del smartphone y las redes sociales no le parece casual. En 2012 se alcanzó un punto de inflexión: por primera vez, más de la mitad de los adolescentes estadounidenses tenían teléfono inteligente. Poco después, Instagram, Snapchat y YouTube rediseñaron sus algoritmos para maximizar el tiempo de uso. Los niños que vivieron su pubertad en esos años fueron los primeros en crecer con una infancia fundamentalmente digital.


Las redes sociales no son solo «entretenimiento»


Una de las ideas centrales de Haidt —y la que más incomoda a la industria tecnológica— es que las redes sociales no son simplemente un pasatiempo más.


«Los países civilizados no permiten que las empresas se aprovechen de los menores. Establecemos límites de edad cuando hay contenido sexual explícito y también para las sustancias adictivas, incluido el juego. Pero las redes sociales son exactamente como el juego.» ¹


Y explica por qué con una imagen muy concreta: «Cuando deslizas hacia abajo para actualizar y obtienes más contenido… eso se copió literalmente de las máquinas tragaperras» ¹. El mecanismo de recompensa variable, el mismo que hace adictivo el juego de azar, está integrado en el diseño de estas plataformas.


Desde ese punto de vista, permitir que un niño de 11 años tenga acceso libre a TikTok o Instagram equivale a instalar una máquina tragaperras en su habitación. No es un problema de fuerza de voluntad de los menores ni de negligencia de los padres; es un problema de diseño deliberado orientado a maximizar el tiempo de pantalla.


Las consecuencias, según Haidt, van mucho más allá de la salud mental:


«No los han destruido, pero sí los han mermado. Ya vemos que las notas en los exámenes y el coeficiente intelectual están empezando a bajar. No se trata solo de la crisis de salud mental, es que están aprendiendo menos. Y ahora con la IA van a aprender mucho menos. Serán menos inteligentes, tendrán menor nivel educativo y menos confianza en sí mismos de lo que habrían tenido con una infancia sana.» ¹


El doble problema: pantallas y sobreprotección


Haidt señala que la crisis tiene dos caras que se refuerzan mutuamente. Por un lado, la hiperconectividad digital. Por otro, un modelo de crianza hiperprotector que se fue extendiendo desde los años 90: el de los llamados «padres helicóptero», que supervisan cada movimiento de sus hijos y les eliminan cualquier riesgo o incomodidad.


El resultado es una paradoja cruel: los menores de hoy pasan más tiempo con sus padres que ninguna generación anterior, pero tienen menos experiencias reales de autonomía, riesgo calculado y resolución de problemas. Como resume la psicóloga española María Soto con una frase que Haidt cita con frecuencia: «No es una generación frágil, es una generación atemorizada».


La sobreprotección en el mundo físico y la desprotección en el mundo digital son las dos caras de la misma moneda. Los padres temen que su hijo vaya solo al colegio, pero le dan un teléfono sin restricciones con acceso a todo internet. Haidt lo describe con dureza:


«Se ha puesto a los padres en una situación imposible: o bien exponen a su hijo a una plataforma llena de depredadores sexuales y adicciones, o bien lo aíslan socialmente.» ¹


«No culpo a los padres ni a los maestros»

Este es quizá el punto que más agradecen quienes trabajan en educación o crían hijos: Haidt no señala a las familias ni a los docentes.


«La clave es que esto es una trampa de acción colectiva. Todos sentimos que debemos ceder porque los demás también lo hacen. Como psicólogo social, veo que si todos en una situación hacen algo mal, entonces la situación es el problema. Culpo a las empresas, no a los padres ni a los docentes.» ¹


Esta perspectiva cambia el foco por completo. No es que unos padres concretos hayan tomado malas decisiones; es que el sistema entero generó una norma colectiva difícil de romper de forma individual. Y lo compara sin rodeos con otros productos dañinos:


«Si hubiera cualquier otro producto de consumo en el mundo que hubiera matado a cientos de miles de niños, que hubiera hecho enfermar a decenas de millones, esas empresas habrían sido demandadas hasta llegar a desaparecer hace mucho tiempo.» ¹


Las cuatro propuestas concretas


Haidt no se queda en el diagnóstico. Su libro —y sus conferencias— incluyen cuatro medidas que, en su opinión, deberían adoptarse de forma coordinada entre familias, centros educativos y gobiernos:


1. Sin smartphones antes de la secundaria (aproximadamente 12-13 años). El teléfono inteligente con acceso a internet no es una herramienta escolar; es una puerta de acceso a un entorno adulto para el que los niños no están preparados.


2. Sin redes sociales antes de los 16 años. No como prohibición absoluta, sino como límite de edad similar a los que ya existen para el alcohol, el juego o el contenido adulto.


3. Colegios libres de teléfonos. No solo durante las clases: también en los recreos. Hay escuelas que ya lo están haciendo y los resultados son muy favorables: más interacción social, mejor clima de aula, menos ansiedad. «Tenemos informes de escuelas que son realmente libres de teléfonos, donde los niños los entregan por la mañana y se los devuelven por la tarde, y son muy favorables», explica. ¹


4. Más independencia y juego libre en el mundo real. Esta es quizá la propuesta más provocadora para muchas familias modernas: mandar a los niños a jugar a la calle. Dejarles ir solos al colegio. Permitirles aburrirse. Para apoyar esta idea, Haidt cofundó el proyecto Let Grow, una iniciativa que ayuda a centros educativos y familias a devolver la autonomía a los menores de forma gradual y coordinada.


La generación Z ya lo ve venir


Una señal de esperanza es que los propios jóvenes son cada vez más conscientes del problema. Haidt lo describe con una mezcla de reconocimiento y optimismo:


«Una de las grandes ventajas de la Generación Z es que ven lo que está pasando. No se niegan a aceptarlo, se sienten atrapados. Llevan años diciendo "no nos gusta esto, pero tenemos que seguir usándolo porque todo el mundo lo hace". Estamos viendo un gran aumento de jóvenes que se suman al movimiento; incluso niños de 9, 10 y 11 años que abogan por más independencia y más juego libre.» ¹


Y recuerda que los millennials —que también crecieron con internet pero llegaron a las redes sociales ya en la universidad, con el cerebro formado— tuvieron una adolescencia muy diferente y son, según los datos, una generación emocionalmente más estable. La pubertad, insiste Haidt, es el periodo crítico: lo que ocurre en esos años deja huella.


Lo que dicen los datos en España


Los datos españoles no son ajenos a esta tendencia. Un estudio de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) encontró que los ingresos hospitalarios por trastornos psiquiátricos en pacientes de entre 11 y 18 años aumentaron del 3,9% al 9,5% entre el año 2000 y mediados de los 2010. Los resultados del informe PISA muestran un deterioro del rendimiento académico que coincide con la generalización del uso de smartphones en el aula. Y los propios docentes españoles llevan años alertando de la dificultad creciente de mantener la atención de los alumnos durante periodos sostenidos.


Un mensaje de esperanza


Sería un error quedarse solo con el diagnóstico sombrío. Haidt es explícito en esto:

«La buena noticia es que cualquier familia que cambie estos hábitos obtendrá resultados increíbles.» ²


Las mejoras no requieren años; los estudios muestran que cuando los adolescentes abandonan las redes sociales aunque sea durante una semana, los niveles de depresión descienden de forma medible.


Y la dimensión colectiva del problema también es una buena noticia: si el origen es social —una trampa en la que todos caemos juntos—, la solución también puede ser colectiva. Un grupo de padres que se pone de acuerdo para no dar el móvil a sus hijos hasta los 14 o 16 años elimina la presión de grupo que hace tan difícil esa decisión en solitario. Un colegio que prohíbe el teléfono durante todo el horario escolar no castiga a nadie: libera a todos.


Para reflexionar y actuar


Haidt no pide que demonicemos la tecnología. Lo que pide es que tratemos el acceso de los menores a las redes sociales con la misma seriedad con que tratamos otros entornos de riesgo: con límites claros, aplicados de forma coordinada, y con alternativas reales en el mundo físico.


Para padres y educadores, su mensaje se resume en dos ideas complementarias: menos pantallas, más calle. Menos gestión de la imagen en redes, más conflictos resueltos cara a cara en el patio. Menos recompensas virtuales, más responsabilidad real. No porque la tecnología sea mala, sino porque la infancia necesita materiales que solo el mundo físico puede proporcionar: el riesgo calculado, el aburrimiento fértil, la negociación con los iguales, el barro, la rodilla raspada.


En palabras del propio Haidt durante su visita a Madrid: lo esencial es mandarlos a jugar a la calle y darles independencia.


Jonathan Haidt es profesor de liderazgo ético en la Stern School of Business de la Universidad de Nueva York y autor de La generación ansiosa (Deusto, 2024), La mente de los justos y La hipótesis de la felicidad. Su proyecto Let Grow puede consultarse en letgrow.org y sus recursos para familias y educadores en anxiousgeneration.com.



Referencias


¹ Victoria Moreno Gil, «Jonathan Haidt, psicólogo social: "Las redes sociales son tan adictivas como el juego"», entrevista para la agencia EFE, publicada en Infobae España, 26 de abril de 2026.

https://www.infobae.com/espana/agencias/2026/04/26/jonathan-haidt-psicologo-social-las-redes-sociales-son-tan-adictivas-como-el-juego/

² «El psicólogo Jonathan Haidt alerta sobre el impacto de las redes sociales en menores», Infobae Tecno, 16 de enero de 2026.

https://www.infobae.com/tecno/2026/01/16/el-psicologo-jonathan-haidt-alerta-sobre-el-impacto-de-las-redes-sociales-en-menores/







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jueves, 18 de junio de 2026

UNA ALIANZA EDUCATIVA PARA LA ERA DIGITAL

El papa León XIV, en su reciente encíclica Magnifica Humanitas, lanza una reflexión que interpela directamente a quienes educamos: ¿estamos preparados para acompañar a niños y jóvenes en un mundo de inmediatez, pantallas e inteligencia artificial?

El texto advierte que toda tecnología educa a quien la usa, y que aprender a decidir cuándo no usar la IA es tan importante como saber usarla. También señala con claridad los riesgos reales —adicciones, aislamiento, acoso, exposición a contenidos dañinos— que enfrentan nuestros hijos y alumnos cuando el acceso digital no tiene acompañamiento adulto.

La conclusión es esperanzadora: ningún padre ni educador debe enfrentar esto en solitario. Hace falta una alianza entre familias, escuela e instituciones para proteger lo más valioso que tenemos: la infancia y la adolescencia.

Una lectura breve, pero que merece unos minutos de pausa y conversación en casa o en el aula.




León XIV 
Tomado de Magnifica  Humanitas (puntos del 139 al 142)

Una alianza educativa para la era digital

En una época en la que la verdad suele verse supeditada a intereses y estrategias comunicativas, el mundo de la educación adquiere una importancia decisiva. Sin embargo, las rápidas transformaciones tecnológicas ponen de manifiesto lo poco preparados que estamos en el ámbito educativo. La omnipresencia de los medios digitales genera una cultura de la inmediatez y la sobreestimulación, que alimenta el cansancio, el aburrimiento y la apatía ante el esfuerzo que supone buscar la verdad.

Los procesos educativos, en cambio, requieren tiempo para madurar, una confrontación con la realidad más allá de las apariencias y un camino paciente. La cuestión es fundamental, porque toda tecnología educa a quien la utiliza. Educar en el uso de la IA implica, por tanto, educar para decidir cuándo y para qué no utilizarla. La rapidez y la facilidad con las que se obtiene una respuesta o una síntesis hacen correr el riesgo de que se apague el deseo de plantear preguntas, que sólo da fruto con el tiempo. Como escribe Platón, las cosas más profundas e importantes sólo se aprenden tras mucho tiempo y mucho esfuerzo, comprometiéndose en la discusión con los demás para “frotar” los conceptos y las experiencias como si fueran pedernal, hasta que en nosotros salte la chispa de la comprensión. Debemos aprender a prescindir de la IA y proteger a nuestros jóvenes de la promesa de la máquina perfecta, de esa sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más se necesita.

En los últimos años, la literatura psicológica y psiquiátrica ha documentado con creciente insistencia cómo una exposición precoz y sin supervisión a los dispositivos digitales y a las redes sociales puede afectar negativamente al sueño, a la atención, a la regulación emocional y a las relaciones, especialmente en las edades más vulnerables, con consecuencias a veces dramáticas. A esto se suma la facilidad de acceso a escenas violentas o crueles que hieren la sensibilidad, a contenidos pornográficos e hipersexualizados, a mensajes que banalizan el cuerpo y la afectividad, y a propuestas que normalizan comportamientos de riesgo. En la red no son raros los fenómenos de captación, chantaje y explotación sexual de menores, que se vuelven más insidiosos por el uso de perfiles falsos, de algoritmos que amplifican contactos peligrosos y de herramientas de IA capaces de manipular imágenes y vídeos. Tener un teléfono móvil personal demasiado pronto y utilizarlo sin el control de los adultos puede acentuar la fragilidad y favorecer las adicciones en los jóvenes, exponiéndolos a dinámicas de aislamiento, acoso y ciberacoso, así como a la presión para compartir imágenes íntimas o datos sensibles.

A los padres de familia les resulta difícil resistir por sí solos al condicionamiento de modelos de negocio que monetizan la atención y el tiempo. Por eso es indispensable una alianza entre la política, las instituciones educativas y las familias, capaz de sostener de manera concreta a los adultos en su tarea. Es necesario oponerse, con decisiones públicas de largo alcance, a los intereses inmediatos de las plataformas —concentradas en pocas manos— cuando estos entran en conflicto con el bien de los menores. En esta perspectiva, son oportunas intervenciones legislativas que establezcan límites de edad, responsabilicen a los proveedores de servicios ―sin descargar, sobre las familias, el peso de la limitación― y prevean protecciones específicas contra toda forma de explotación y violencia sexual en internet, de modo que la infancia y la adolescencia se custodien verdaderamente como bienes preciosos confiados a nuestro cuidado. Al mismo tiempo, es necesario educar a los niños, adolescentes y jóvenes para que aprendan a reconocer las manipulaciones, a defender su propia dignidad y a respetar la de los demás, también en los entornos digitales. 




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En este enlace puedes leer el documento completo:

miércoles, 3 de junio de 2026

ENTENDIENDO EL CEREBRO EN CONSTRUCCIÓN DEL ADOLESCENTE

Cuantas veces observamos los cambios del cerebro adolescente con mezcla de confusión y tristeza. Los padres y madres pasamos de ser un confidente a ser una amenaza en muy poco tiempo.

Vamos a tratar de explicar algunos de los cambios mediante la neurociencia y para ello nos servimos de las investigaciones y declaraciones del neurocientífico David Bueno i Torrens; del filósofo y pedagogo José Antonio Marina; del neuropsicólogo Álvaro Bilbao; y en las aportaciones sobre neurociencia, estrés y vínculo emocional de Almudena Castellanos y Miriam Rojas.

David Bueno i Torrens, doctor en biología e investigador de la Universidad de Barcelona, lleva años estudiando el cerebro adolescente. Su explicación es sencilla pero poderosa: “lo que interpretas como rebeldía, distancia o mala actitud tiene una base biológica muy concreta”; el cerebro está en obras.


Tres zonas que lo explican todo.


Imagina que en la cabeza de tu adolescente están reformando, “al mismo tiempo”, tres habitaciones clave de una casa. Con todo el caos que eso implica.




Antes de la adolescencia, la voz de la madre activaba en el cerebro del hijo “el centro de recompensa” (el de bienestar y placer). Escuchar a mamá, automáticamente, le hacía sentir bien.

Pero durante la adolescencia, esa misma voz puede activar “la amígdala”… en modo amenaza, y no porque tú hayas cambiado ni porque hayas hecho algo mal. “Es su cerebro reconfigurando sus respuestas”. Y lo más asombroso: este cambio puede producirse en cuestión de días.


El podado neuronal.


El cerebro adolescente hace algo llamado "podado neuronal". Como cuando podas un árbol: “elimina conexiones que ya no son útiles para dejar espacio a las que sí lo serán”.

Por tanto, no es destrucción. Es construcción. El cerebro infantil construye conexiones a toda velocidad, pero en la adolescencia necesita reorganizarse, quedarse solo con lo esencial.

David Bueno señala algo incómodo, pero necesario: “la presencia constante de los adultos mirando el teléfono delante de sus hijos influye más en el cerebro adolescente que el tiempo que ellos mismos pasan conectados”.


“La segunda ventana de oportunidad: Por qué la adolescencia es un regalo”

El filósofo y pedagogo, José Antonio Marina, lo dice claro: entre los 13 y los 16 o 17 años, el cerebro atraviesa una segunda etapa de gran aprendizaje. Es el momento de decidir sobre la propia personalidad.

Y el neuropsicólogo Álvaro Bilbao añade: "La inmensa mayoría de los adolescentes son maravillosos: motivados, curiosos, colaborativos. Solo tienen la mecha más corta. No son enemigos. Son adolescentes. Y eso es justo lo que tienen que ser."

La neurocientífica Almudena Castellanos insiste en algo clave: “un cerebro en desarrollo es muchísimo más sensible al estrés, la sobreexigencia y la hiperestimulación”. Dormir poco, vivir permanentemente conectados o recibir impactos continuos de redes sociales modifica literalmente cómo el cerebro procesa las emociones y la autoestima. Necesita pausas reales: silencio, aburrimiento, descanso, contacto humano y movimiento físico.

David Bueno afirma que lo que de verdad necesitan (aunque pidan lo contrario) es sentirse queridos. "Cuando pensemos que no merecen la pena que los queramos, más debemos quererlos, porque más apoyo emocional necesitan." No para sobreprotegerles, no para excusar sus actitudes, sino para que tengan la estabilidad suficiente desde la que ir aprendiendo a reflexionar por sí mismos.

La adolescencia no es el final, es el puente. Como padres y madres debemos saber que nuestro hijo no nos está rechazando, está aprendiendo a volar, y para hacerlo necesita alejar el nido… pero también saber que el nido sigue ahí. La clave es si seguimos disponibles, pacientes y sin juzgar. La verdad que no es fácil.


El cerebro del adolescente es como una casa en reformas. Hay polvo, ruido y desorden, pero al final… habrá un hogar más fuerte, más único y más preparado para el mundo.


Una pregunta para reflexionar:

¿Qué pequeño gesto puedes hacer esta semana para que tu hijo sienta que, aunque cambie, tu apoyo no lo hará?


5 cosas que puedes hacer con tu adolescente

Basado en las recomendaciones de Bueno, Bilbao, Marina y otros expertos:


1. Cena sin pantallas: 20 minutos de conversación real (Bilbao).

2. Valida sus emociones: En lugar de "No exageres", prueba "Entiendo que esto te frustre" (Miriam Rojas).

3. Dale espacio físico: Llama a la puerta antes de entrar a su habitación (Bilbao).

4. Cuida tu ejemplo con el móvil: Si tú no lo usas en su presencia, él lo notará (Bueno).

5. Normaliza el error: Dile "Estás aprendiendo a ser adulto, y está bien equivocarse" (Marina).


Por Belen Marijuán (maestra, psicopedagoga)  y Francisco Rey (educador  y profesor de secundaria)




lunes, 18 de mayo de 2026

EL ENGAÑIABOBOS: LO QUE NO SE EJERCITA SE PIERDE


Hay artículos que incomodan. Este es uno de ellos. Y precisamente por eso merece estar en la mesa de toda familia, en la sala de profesores, en cualquier espacio donde adultos responsables se pregunten qué mundo estamos construyendo para los que vienen detrás.

El escritor Juan Gómez-Jurado arranca con una imagen que desarma: los médicos que recomendaban fumar, la Guinness para embarazadas, la heroína Bayer para la tos infantil. Postales absurdas de otro tiempo. Y entonces lanza la pregunta que quema: ¿de qué nos reirán dentro de cuarenta años?

La respuesta, incómoda, ya la conocemos.

El artículo no es un panfleto tecnófobo. Es un diagnóstico sobre la abdicación del pensamiento: la nuestra y, por extensión, la de nuestros hijos. Describe con precisión quirúrgica algo que padres y educadores ya intuyen pero rara vez se atreven a nombrar: que estamos criando generaciones enteras a las que les estamos quitando el derecho a esforzarse, a equivocarse, a no saber —y a aprender precisamente desde ahí.

Un niño paralizado ante una multiplicación sin batería en la tablet. Una adolescente preguntándole a un chatbot qué debe sentir ante la muerte de su abuelo. No son anécdotas: son síntomas.

Lo que Gómez-Jurado pone sobre la mesa —y que todo educador reconocerá— es que el músculo del pensamiento crítico se atrofia exactamente igual que cualquier otro músculo cuando no se usa. Y que las grandes tecnológicas saben lo que hacen, igual que lo sabían las tabacaleras. No por casualidad emplea el mismo marco: los mismos despachos de relaciones públicas, los mismos expertos a sueldo, los mismos discursos sobre la libertad del consumidor adulto.

Leer este artículo no resuelve nada. Pero obliga a hacerse preguntas que sí lo pueden resolver: ¿Cuándo fue la última vez que dejé a un niño aburrirse en silencio? ¿Qué le estoy enseñando cuando le doy el móvil para que no moleste? ¿Qué modelo de pensamiento estoy transmitiendo cuando yo mismo delego en la máquina lo que podría construir con mis propias palabras?

La reflexión interpela especialmente a quienes acompañamos a las nuevas generaciones. Porque educar nunca fue solo transmitir información. Educar es enseñar a pensar, a discernir, a convivir con la duda, a construir criterio propio. Y eso requiere tiempo, esfuerzo y, a veces, silencio. Justo lo contrario de la inmediatez que hoy domina nuestras pantallas.

Este artículo merece ser leído no porque tenga todas las respuestas, sino porque se atreve a formular preguntas urgentes. Preguntas incómodas, sí, pero necesarias. Nos obliga a detenernos y pensar qué tipo de inteligencia queremos fomentar en nuestros hijos y alumnos: una inteligencia delegada en máquinas o una inteligencia humana capaz de comprender, crear, cuestionar y sentir.


No hace falta estar de acuerdo con todo. Hace falta leerlo. Y discutirlo. Y que esa discusión ocurra entre personas —sin asistentes virtuales de por medio.



Mostramos a continuación el artículo completo.

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EL ENGAÑIABOBOS


Cuánto tardaremos en darnos cuenta del coste de la inteligencia artificial y cuánto daño habrá hecho mientras tardamos en verlo, es la pregunta que nadie quiere formular

«Más médicos fuman Camel que cualquier otro cigarrillo». Es 1946 y un señor con bata blanca y bigote responsable te mira desde la página de la revista. En los años cincuenta, una embarazada radiante levanta una jarra de cerveza Guinness: le sentará de maravilla a usted y a su bebé. En otra página, un crío de tres años con chupete ríe junto a su botellín de vino tinto rebajado con agua, porque eso fortifica la sangre. En misma revista, unos años antes, el jarabe Bayer recomienda heroína para la tos infantil –«calma sin sedar»–. Hoy nos parecen postales de un planeta marciano. Reímos con la superioridad cómoda del que se cree a salvo.

Estropear la comodidad es tan sencillo como preguntar: ¿de qué nos reiremos dentro de cuarenta años?

Hagamos memoria, que es ejercicio cada vez más raro. Cuando yo era un crío, hacer un trabajo de clase significaba bajar a la biblioteca, abrir la enciclopedia –Espasa, Larousse, Salvat– y pelearse con un índice de dos kilos. Después llegó internet y abrimos la Wikipedia, y los profesores nos miraban como si hubiéramos copiado de la chuleta de un compañero más listo. La Wikipedia, decían, no es fuente fiable. La Wikipedia, ese chiste.

No estaban del todo equivocados, porque toda fuente puede manipularse y conviene contrastar. Lo que ninguno preveía es que un día echaríamos de menos aquella Wikipedia denostada, donde al menos había un autor humano, una cita, una página de discusión, alguien que había peleado por la verdad de cada coma. Hoy la Wikipedia parece la Británica al lado de un resultado de Google. Y un resultado de Google parece la Wikipedia al lado de la respuesta que arroja una IA en cuatro líneas mal escritas, sin firma, sin fuente y sin posibilidad de réplica. Hemos descendido tres peldaños y nos hemos convencido de que volamos.


Los niños de hace diez años buscaban en internet. Los de hoy no abren la calculadora. Para qué, si tienen el oráculo. Para qué dividir, multiplicar, conjugar, recordar. Para qué pensar.

Y no son solo los niños. Abogados que firman escritos con jurisprudencia inventada, médicos que se apoyan en diagnósticos automáticos, periodistas que entregan a las cuatro de la mañana columnas que nadie ha pensado. Una sociedad entera abdicando del esfuerzo a cambio de la dulzura inmediata del atajo.

Y mientras tanto, la IA. Todo es IA. El móvil trae un botón para la IA. WhatsApp tiene un 'widget' flotante de IA. Facebook sugiere conversaciones con IA. Word redacta por nosotros, el correo responde por nosotros, la nevera –dicen– pronto pedirá la cena por nosotros. Cualquier día nos pedirá la opinión por nosotros, y aplaudiremos.

Hemos dejado de preguntarnos qué es. Y eso, en cualquier sociedad mínimamente adulta, debería encender todas las alarmas.

Porque, ¿qué es la IA? Un pozo sin fondo de extracción del yo. Cada consulta, cada duda, cada pregunta íntima que tecleamos a las tres de la madrugada se convierte en mineral para refinar el modelo. Una disolución del individuo en la nube, al servicio de cuatro empresas californianas que no responden ante nadie. Sus consejeros delegados juran hoy ante el Congreso de Estados Unidos lo mismo que juraban hace treinta años los presidentes de Philip Morris: que su producto es seguro, que ellos son los primeros interesados en regularlo, que confiemos.

Pero hay algo peor, y es la otra mitad de la transacción: lo que nos llevamos a casa a cambio. Nos llevamos la atrofia. La pérdida de la inteligencia básica, esa que se construye lentamente cargando peso –memorizar capitales, resolver una raíz cuadrada, escribir un párrafo desde cero, leer un libro hasta el final, sostener un argumento sin ayuda externa, aburrirse quince minutos en silencio–. Nos llevamos la dimisión del pensamiento crítico, que es el músculo más caro de mantener y el primero que se pierde cuando se delega.

Y los niños, de nuevo, los niños. Que aprenderán a no aprender. Que tendrán todas las respuestas y ninguna pregunta. Que crecerán convencidos de que pensar es para listos y de que ellos no necesitan serlo, porque tienen una aplicación que lo hace por ellos.

He visto a un niño de 9 años quedarse paralizado ante un siete por ocho porque la 'tablet' estaba sin batería. He visto a una adolescente preguntarle a un 'chatbot' por la noche qué debía sentir ante la muerte de su abuelo. He visto a un universitario entregar un trabajo escrito íntegramente por la máquina y defenderlo, ofendido, porque él había escrito el 'prompt'.

Hablar de regular un mercado produce urticaria. Lo sé. Soy el primero al que le sale el sarpullido. Pero ni el más liberal de los liberales defiende ya que pueda venderse tabaco a un niño de doce años, ni cerveza a una embarazada, ni cocaína al portador. Esa pelea la dimos hace décadas, con esfuerzo, con tiempo y con muertos, y la ganamos a pesar de las tabacaleras, que durante cuarenta años contrataron médicos a sueldo, financiaron estudios, sembraron dudas científicas y compraron parlamentarios. Las grandes tecnológicas hoy hacen exactamente lo mismo, con manuales más sofisticados, los mismos despachos de relaciones públicas y los mismos discursos sobre la libertad del consumidor adulto.

La pelea por las redes sociales en la infancia la estamos empezando ahora, con el mismo desfase de medio siglo. Y solo ha costado unos cuantos cientos de suicidios adolescentes y trescientos mil casos de ciberacoso al año. Una nadería estadística. Un peaje razonable, dirán los algoritmos cuando aprendan a hablar como ejecutivos.

Cuánto tardaremos en darnos cuenta del coste del engañIAbobos –porque ese es su nombre verdadero, y lo será siempre– y cuánto daño habrá hecho mientras tardamos en verlo, es la pregunta que nadie quiere formular.

Pero alguien tendrá. Antes de que nuestros nietos vean nuestras fotos felices, abrazados a un asistente virtual, y se rían como nos reímos hoy del médico que recomendaba Camel. Con la diferencia, escalofriante, de que entonces solo se nos iba el pulmón. Esta vez se nos va la cabeza.


Juan Gómez-Jurado
Es escritor

Publicado en el diario ABC el 17 de mayo de 2026 






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