martes, 3 de marzo de 2026

LOS DIENTES DEL ODIO. Por Irene Vallejo

Una lectura imprescindible para familias y educadores de hoy

¿De qué habla este artículo?

Irene Vallejo, escritora y filóloga clásica, nos ofrece una reflexión profunda y urgente sobre cómo el odio se ha convertido en el gran negocio de nuestra época, y lo que eso significa para la educación de nuestros hijos.

Un artículo breve, pero de gran densidad intelectual y emocional. Vale la pena leerlo en familia o compartirlo en el claustro como punto de partida para conversar sobre el clima de hostilidad que respiramos —y que nuestros hijos también respiran— cada día.

ARTÍCULO COMPLETO:

LOS DIENTES DEL ODIO. Por Irene Vallejo

LA SOLIDARIDAD PIERDE CADA DÍA MAS TERRENO FRENTE A LOS LLAMADOS A ELIMINAR O DESCALIFICAR A LOS DEMAS


Decían que el mejor señuelo para atrapar atención es el sexo. Hoy las redes sociales han demostrado que el odio es mucho más adictivo, más orgiástico, más contagioso, más irresistible. El insulto excita al algoritmo y los nuevos magnates hacen caja con nuestros conflictos. El extremismo calculado vende. La furia está bien financiada. Por eso, los discursos se están calentando aún más deprisa que el clima. 

Un buen enemigo es el mejor abono para cultivar identidad. Azuzar el rencor frente al adversario enardece a las propias huestes y robustece la sensación de pertenencia. Merced a una lógica perversa, si divides, multiplicas tu protagonismo. El odio viejísimo —pero muy trabajador— goza de envidiable buena forma. Podría parecer una pasión simple y visceral, pero procede de nuestras heridas más hondas; se gesta en el recuerdo de los desprecios sufridos, de los abandonos y las ilusiones perdidas. La misma etimología habla de dolor: la raíz indoeuropea od está presente en “odio” y en “odontólogo”. Según una hipótesis, odiar sería como un dolor de muelas anímico, pero también podría asociarse al gesto de enseñar ferozmente los dientes.

En la historia universal de la hostilidad y las dentelladas, fue pionero el profeta persa Zaratustra —en griego Zoroastro—, que vivió hace más de dos mil quinientos años. Según la tradición, sus sacerdotes, los magos, visitaron al niño Jesús en el portal: magu era el término que los babilonios daban a los sabios iniciados en el zoroastrismo. Nietzsche lo reintrodujo en el imaginario occidental al convertirlo en portavoz de su propia filosofía. Por lo que sabemos, Zaratustra fue el primero en afirmar que la vida era una batalla extrema entre el bien y el mal, donde nos acecha el archienemigo, llamado Angra Mainyu o Ahrimán, un espíritu destructivo y perverso — que hoy da nombre a villanos de series y videojuegos—. Acusaba a Ahrimán de propagar calumnias y falsedades: era la encarnación de la mentira. Así nació el chivo expiatorio para todo. Desde entonces, cuando concluimos que nuestros adversarios están poseídos por un impulso maligno, ya no hay necesidad de preguntarse por sus razones o sus corazones. 

La división del mundo entre amigos y enemigos ha hecho que a lo largo de milenios gente perfectamente amable en privado combatiese a otros, los castigase y los sometiera al terror sin conocerlos ni reconocer su humanidad. Por eso, tal vez el único antídoto sea escuchar: puedes elegir ejercitar o el odio o el oído. 

Según esta visión del mundo, el estado natural sería el enfrentamiento y, en su lógica, cualquier catástrofe desataría todos los conflictos latentes. Rebecca Solnit dedicó su ensayo Un paraíso en el infierno a reflexionar sobre las reacciones humanas ante cataclismos como terremotos, inundaciones o huracanes: “En muchos desastres nuestra forma de actuar depende de que pensemos que nuestros vecinos y conciudadanos son una amenaza mayor que los estragos provocados por la catástrofe o, por el contrario, un bien mayor que los bienes materiales en las casas y en las tiendas de los alrededores”. Lo que creemos define nuestro comportamiento. Solnit documenta un hecho inquietante: suelen cometer las acciones más terribles quienes están convencidos de que los demás van a comportarse despiadadamente y se plantean la disyuntiva entre devorar o ser devorados. El egoísmo por naturaleza actúa como coartada.


El historiador Rutger Bregman ha estudiado el efecto de la novela El señor de las moscas en el imaginario colectivo. Su autor, William Golding, inventó la trama en 1951. Un grupo de niños supervivientes de un accidente aéreo se descubren solos en una isla desierta, sin adultos. Al principio organizan una democracia y toman todas las decisiones por votación. Eligen como líder a Ralph, un chico atlético, responsable y carismático. Cuando un barco los rescata meses más tarde, tres chavales han sido asesinados y la isla es un páramo humeante. La violencia ha arrasado con el compañerismo. Ralph llora por el fin de la inocencia, por las ilusiones devastadas, por la crueldad que anida en el corazón humano. En la estela de Auschwitz y la Segunda Guerra Mundial, el público estaba predispuesto a aceptar el concepto del mal intrínseco e ineludible. El mismo Golding, ex combatiente alcohólico, atormentado y depresivo, conocía el sufrimiento. La novela es una proyección de miedos compartidos. 

La aventura relatada en el libro es una ficción: nunca sucedió. Sin embargo, un hecho muy similar ocurrió en 1965. Tras un naufragio, seis chicos entre 13 y 16 años sobrevivieron quince meses en un islote rocoso del Pacífico. Al terminar la odisea, el capitán que los rescató contó que los chicos habían creado una pequeña comuna con un huerto, troncos huecos para almacenar agua de lluvia, un gimnasio con curiosas pesas y gallineros, “todo ello gracias a su trabajo manual, una vieja hoja de cuchillo y mucha determinación”. Mientras los personajes imaginarios de El señor de las moscas batallaban por adueñarse del fuego, los jóvenes de la experiencia vivida se organizaron para mantener la hoguera ardiendo durante más de un año. A veces discutían, pero lo resolvieron sin herirse. Uno de ellos fabricó una guitarra con un trozo de madera flotante, media cáscara de coco y seis alambres de acero rescatados de su barco naufragado, y solía tocar para levantarles el ánimo. Cuando uno de ellos resbaló, cayó por un acantilado y quedó herido, inmovilizaron su pierna con palos y lo cuidaron. En la verdadera historia, los chicos confiaron y colaboraron. Tristemente, el libro de Golding es lectura obligatoria escolar, mientras el episodio auténtico pasó desapercibido. Nos impacta más la realidad de los miedos que la realidad de los hechos. Resulta más persuasivo el cuento de terror, donde cualquier parecido con la solidaridad es pura coincidencia. El odio y la destrucción venden más que la colaboración. 

Piensa mal y lo extenderás. La hostilidad, como la confianza, es una dinámica contagiosa. Ciertos líderes políticos refuerzan su poder personal espoleando la cólera: nos regañan como a niños porque no odiamos lo suficiente. Los autoritarismos triunfan cuando acatamos las coordenadas de sus ejes del mal. Fabricar enemigos es uno de los sectores económicos más rentables y con mayor demanda. Las vísceras cotizan en bolsa. El oficio de comentarista furibundo vive un momento dulce. Los magnates de las redes sociales aman nuestras fobias: atizan rencores que nos mantienen absorbidos, crispados y cautivos. Moldean el resentimiento con mensajes que masajean nuestros victimismos y transforman el enfado en capital. Los inversores en el ramo de la furia recogen beneficios. Tu rabia es su riqueza. Las explosiones de enojo, el previsible y sereno crecimiento del negocio. Tu insomnio febril arrulla sus sueños. 

El círculo se estrecha, ya no basta recelar del otro. Los algoritmos buscan cebarse en nuestras inseguridades. La publicidad se filtra por las grietas de nuestra autoestima: nos empuja a odiar lo que somos para vendernos soluciones individualistas y perfecciones envasadas, desde la cirugía plástica a la autosuperación. Al final, necesitamos creer en nosotros mismos para creer en los demás. Frente a los accionistas de la ira, _ podemos fortalecer los vínculos y decidir que confiamos en nuestros vecinos. Urge usar las palabras no como arma, sino como argamasa: cultivar el debate frente al combate. No podemos permitirnos tener más odios que ideas.

Por Irene Vallejo

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GUIÓN PARA TRABAJAR EN CLASE O EN CASA

Las ideas clave del artículo para educadores

El odio es el nuevo motor de las redes sociales.
El insulto excita al algoritmo, y los nuevos magnates hacen caja con nuestros conflictos. blogspot Vallejo nos alerta de que esto no es accidental: la furia está diseñada y financiada para mantenernos enganchados y divididos.

Fabricar enemigos es rentable.

Un buen enemigo es el mejor abono para cultivar identidad. Los algoritmos alimentan nuestras inseguridades y resentimientos porque eso genera audiencia, clics y dinero. Como dice Vallejo con una frase demoledora: tu rabia es su riqueza.

Lo que creemos moldea lo que hacemos.

Citando a la ensayista Rebecca Solnit, el artículo recuerda que suelen cometer las acciones más terribles quienes están convencidos de que los demás van a comportarse despiadadamente.  La imagen que tenemos del ser humano determina cómo nos relacionamos con él.

La historia real que nadie nos contó.

Vallejo confronta el famoso relato de El señor de las moscas —donde unos niños abandonados en una isla se destruyen mutuamente— con un hecho real ocurrido en 1965: seis chicos entre 13 y 16 años sobrevivieron quince meses en un islote rocoso del Pacífico blogspot y, lejos de destruirse, cooperaron, se cuidaron y hasta fabricaron instrumentos musicales para animarse. La realidad fue solidaria; la ficción que se nos enseña, violenta. Esto debería hacernos pensar.

¿Por qué es relevante para padres y educadores?

Vallejo nos lanza un desafío directo: podemos fortalecer los vínculos y decidir que confiamos en nuestros vecinos. Urge usar las palabras no como arma, sino como argamasa: cultivar el debate frente al combate. blogspot
En casa y en el aula esto se traduce en preguntas concretas:

¿Qué modelo del ser humano estamos transmitiendo a nuestros hijos?

¿Cómo hablamos del que piensa diferente?

¿Qué narrativas consumen nuestros hijos en redes, y qué imagen del “otro” les ofrecen?



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lunes, 2 de marzo de 2026

TEMPLAR GAITAS


Por Diego Velicia, psicólogo en el COF Diocesano de Valladolid


Qué bueno es saber templar gaitas. Me refiero a esa cosa de saber calmar los ánimos cuando las cosas se ponen tensas, cuando el tono de voz sube, cuando las hostilidades se disparan. Es una habilidad utilísima en un matrimonio porque no es raro que alguna vez las cosas se pongan tensas, suban los tonos de voz y se disparen las hostilidades. Es verdad que no es bonito, ni deseable pero la mayoría de las parejas hemos discutido alguna vez. La mayoría de las parejas alguna vez no nos hemos entendido. La mayoría de las parejas hemos tenido algún momento de tensión.


Templar gaitas no es evitar el conflicto a toda costa, ni negar las diferencias que puedan existir, ni plegarse a todas las peticiones del otro para no discutir. A eso podemos llamarlo de muchas maneras, pero no es a lo que me refiero. La dinámica permanente de evitar el conflicto suele producir una distancia en la pareja que, aunque en el corto plazo provoca un cierto alivio, a largo plazo deteriora la relación.


Templar gaitas quiere decir ser capaz, no de evitar el conflicto, sino de actuar en medio del conflicto para que este no deje unas huellas demasiado profundas y pueda ser algo más productivo de lo que es habitualmente, por eso es tan importante. Porque es lo que nos permite que el conflicto, puesto que es frecuente que suceda, sea útil y lo menos dañino
posible.

¿Qué cosas ayudan a templar gaitas?

La primera es tener una cierta conciencia de uno mismo, de mi estado emocional, de mi propio comportamiento. Si cuando alguien me dice “no me grites”, yo respondo “¡¡¡NO TE ESTOY GRITANDO!!!”, es difícil que la situación experimente alguna mejoría. Es necesario saber cuándo uno se está empezando a cabrear, cuándo se le está hinchando la vena del cuello, cuándo el corazón late más rápido y la respiración se agita, no de amor precisamente. Sin esa cierta conciencia, templar gaitas es imposible porque se tiende a poner la responsabilidad del conflicto sobre el otro de manera permanente.

La segunda es poder comunicar el propio estado de ánimo con palabras: “Me estoy empezando a alterar”, “me preocupa enormemente eso que acabas de decir”, “me parece que me estás culpando a mí de esto”, “siento que me estás criticando”. Expresar cómo me siento me ayuda a mí mismo a regularme y ayuda a que el otro me entienda mejor. Que yo exprese como me siento no tiene que ser un argumento para acallar al otro, sino la posibilidad de una mayor conexión.

La tercera tiene que ver con pedir tiempo. Cuando percibo que voy a desbordarme es preferible pedir tiempo para calmarme y aprovechar ese tiempo para hacer alguna cosa que baje un poco las pulsaciones y enfríe la cabeza. Cada uno sabrá cómo hacerlo. Eso sí, una vez conseguido el objetivo de bajar pulsaciones, debo dar el paso de volver a sacar el tema. Lo que no se debe hacer es pedir tiempo para calmarse y una vez calmado, dejar que pase el tiempo sin volver a tratar el tema. Si actúo así el otro entenderá que cuando pido tiempo lo que realmente quiero es escaquearme de la conversación.

En cuarto lugar, está reconocer la parte de razón que tiene el otro, admitir aquello en lo que estás de acuerdo, señalar los puntos en los que coincidís. A veces, en una discusión hay puntos en común. Es cierto que discutimos porque hay puntos que no están en común. Pero si reconozco aquellos en los que estamos de acuerdo, o en los que coincido con el otro, muestro mi disposición a construir algo juntos y la discusión es menos una batalla y más un trabajo en equipo.

Por último, está el hecho de mostrar aprecio por el otro en medio del conflicto.

Estamos poco habituados a hacerlo, pero resulta muy potente en medio de una discusión ser capaz de agradecer algo que el otro ha hecho por mí, o que expresar el deseo de encontrar juntos una solución, o simplemente decir que, aunque en este punto no estoy de acuerdo, te sigo queriendo.

Aunque he puesto algunos ejemplos, las palabras concretas y el tono de voz los pone cada uno. Templar gaitas es una habilidad que requiere ser personalizada por cada uno en medio de su contexto concreto.

CURSO: EDUCAR PARA EL AMOR. Educación afectivo sexual en la familia.

✔️Seguimos formándonos y reflexionando juntos en la Escuela de familias. 

📌Toma nota del siguiente encuentro el día 7 de marzo.


 

FORMULARIO DE INSCRIPCION

jueves, 12 de febrero de 2026

MAS LIBROS Y MENOS PANTALLAS




Campaña de animación a la lectura dirigida a padres y educadores, con un mensaje central muy claro: reducir el tiempo de pantallas y aumentar el contacto con los libros como camino de liberación personal y familiar. El lema resume la propuesta: “Sólo así hijos y padres dejaremos de ser esclavos de las pantallas”

La idea central es clara: menos pantallas implica más espacio para la lectura, el diálogo y la formación personal.

Se trata de un material sencillo, directo y visual que busca movilizar a padres y educadores frente al exceso de pantallas, proponiendo la lectura como alternativa liberadora y formativa. Su fuerza está en la claridad del mensaje y en su orientación práctica y familiar.

El documento está pensado para:
  • Padres preocupados por el uso excesivo de móviles, videojuegos o redes.
  • Educadores que buscan estrategias sencillas para fomentar la lectura.
  • Familias que desean un ambiente más sereno y formativo en casa
Un antídoto frente a la dependencia digital. Un medio para recuperar la libertad interior, la atención y la vida familiar. Una herramienta educativa esencial para el desarrollo humano.




Como documento breve y visual, cumple bien la función de:
  • Despertar conciencia.
  • Generar debate en familias y centros educativos.
  • Servir como punto de partida para planes de lectura.

ENLACE  DE DESCARGA DEL CUADERNO  

MAS LIBROS Y MENOS PANTALLAS

https://drive.google.com/file/d/1Hb-v3sYC9ABkp74o9oMb-QngMT2wrXaX/view



TAMBIEN  HEMOS REALIZADO DESDE LA ESCUELA DE FAMILIAS Y EDUCADORES DE BURGOS ESTA ANIMACIÓN

¡ABRE UN LIBRO Y DESPIERTA! ¡HOY EMPIEZA TU HISTORIA DE VERDAD!



Federico García Lorca  en su discurso "Medio pan y un libro" (una joya del compromiso con la promoción cultural del pueblo)  afirma:

¡Libros! ¡Libros!
He aquí una palabra mágica que equivale a decir: amor, mundo, vida y todo lo que nos rodea."


Jorge Luis Borges, uno de los grandes escritores del siglo XX tiene una frase  muy conocida: “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca.” 









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