martes, 30 de junio de 2026
VERANO 2016 - CAMPAMENTOS
lunes, 29 de junio de 2026
Jonathan Haidt en España: «Lo esencial es mandar a los niños a jugar a la calle»
El psicólogo social más influyente del momento estuvo en Madrid la última semana de junio de 2026. Su mensaje para padres y educadores es claro: la infancia basada en pantallas está dañando a toda una generación, pero hay salida.
El 25 de junio de 2026, la Fundación Rafael del Pino llenó su auditorio con profesores, psicólogos, padres y responsables de políticas educativas. Todos querían escuchar a Jonathan Haidt, el psicólogo social de la Universidad de Nueva York cuyo libro La generación ansiosa (Deusto, 2024) se ha convertido en uno de los ensayos más debatidos e influyentes de los últimos años. Al día siguiente, Haidt fue recibido en La Moncloa por el presidente Pedro Sánchez, señal de hasta qué punto su mensaje ha trascendido el ámbito académico para convertirse en agenda política.
¿Qué dice este investigador que tanto revuelo está provocando? Y sobre todo: ¿qué pueden hacer concretamente padres y educadores con todo esto?
El punto de inflexión: algo se rompió alrededor de 2012
Haidt lleva años estudiando una pregunta muy concreta: ¿por qué la salud mental de los adolescentes empezó a deteriorarse de forma brusca a principios de los años 2010? Las estadísticas son difíciles de ignorar. Las tasas de depresión y ansiedad en Estados Unidos, bastante estables durante la década anterior, se dispararon más de un 50% entre 2010 y 2019. El mismo patrón se repite en el Reino Unido, Australia, Canadá y, con matices, en España y el resto de Europa.
La coincidencia temporal con la masificación del smartphone y las redes sociales no le parece casual. En 2012 se alcanzó un punto de inflexión: por primera vez, más de la mitad de los adolescentes estadounidenses tenían teléfono inteligente. Poco después, Instagram, Snapchat y YouTube rediseñaron sus algoritmos para maximizar el tiempo de uso. Los niños que vivieron su pubertad en esos años fueron los primeros en crecer con una infancia fundamentalmente digital.
Las redes sociales no son solo «entretenimiento»
Una de las ideas centrales de Haidt —y la que más incomoda a la industria tecnológica— es que las redes sociales no son simplemente un pasatiempo más.
«Los países civilizados no permiten que las empresas se aprovechen de los menores. Establecemos límites de edad cuando hay contenido sexual explícito y también para las sustancias adictivas, incluido el juego. Pero las redes sociales son exactamente como el juego.» ¹
Y explica por qué con una imagen muy concreta: «Cuando deslizas hacia abajo para actualizar y obtienes más contenido… eso se copió literalmente de las máquinas tragaperras» ¹. El mecanismo de recompensa variable, el mismo que hace adictivo el juego de azar, está integrado en el diseño de estas plataformas.
Desde ese punto de vista, permitir que un niño de 11 años tenga acceso libre a TikTok o Instagram equivale a instalar una máquina tragaperras en su habitación. No es un problema de fuerza de voluntad de los menores ni de negligencia de los padres; es un problema de diseño deliberado orientado a maximizar el tiempo de pantalla.
Las consecuencias, según Haidt, van mucho más allá de la salud mental:
«No los han destruido, pero sí los han mermado. Ya vemos que las notas en los exámenes y el coeficiente intelectual están empezando a bajar. No se trata solo de la crisis de salud mental, es que están aprendiendo menos. Y ahora con la IA van a aprender mucho menos. Serán menos inteligentes, tendrán menor nivel educativo y menos confianza en sí mismos de lo que habrían tenido con una infancia sana.» ¹
El doble problema: pantallas y sobreprotección
Haidt señala que la crisis tiene dos caras que se refuerzan mutuamente. Por un lado, la hiperconectividad digital. Por otro, un modelo de crianza hiperprotector que se fue extendiendo desde los años 90: el de los llamados «padres helicóptero», que supervisan cada movimiento de sus hijos y les eliminan cualquier riesgo o incomodidad.
El resultado es una paradoja cruel: los menores de hoy pasan más tiempo con sus padres que ninguna generación anterior, pero tienen menos experiencias reales de autonomía, riesgo calculado y resolución de problemas. Como resume la psicóloga española María Soto con una frase que Haidt cita con frecuencia: «No es una generación frágil, es una generación atemorizada».
La sobreprotección en el mundo físico y la desprotección en el mundo digital son las dos caras de la misma moneda. Los padres temen que su hijo vaya solo al colegio, pero le dan un teléfono sin restricciones con acceso a todo internet. Haidt lo describe con dureza:
«Se ha puesto a los padres en una situación imposible: o bien exponen a su hijo a una plataforma llena de depredadores sexuales y adicciones, o bien lo aíslan socialmente.» ¹
«No culpo a los padres ni a los maestros»
Este es quizá el punto que más agradecen quienes trabajan en educación o crían hijos: Haidt no señala a las familias ni a los docentes.
«La clave es que esto es una trampa de acción colectiva. Todos sentimos que debemos ceder porque los demás también lo hacen. Como psicólogo social, veo que si todos en una situación hacen algo mal, entonces la situación es el problema. Culpo a las empresas, no a los padres ni a los docentes.» ¹
Esta perspectiva cambia el foco por completo. No es que unos padres concretos hayan tomado malas decisiones; es que el sistema entero generó una norma colectiva difícil de romper de forma individual. Y lo compara sin rodeos con otros productos dañinos:
«Si hubiera cualquier otro producto de consumo en el mundo que hubiera matado a cientos de miles de niños, que hubiera hecho enfermar a decenas de millones, esas empresas habrían sido demandadas hasta llegar a desaparecer hace mucho tiempo.» ¹
Las cuatro propuestas concretas
Haidt no se queda en el diagnóstico. Su libro —y sus conferencias— incluyen cuatro medidas que, en su opinión, deberían adoptarse de forma coordinada entre familias, centros educativos y gobiernos:
1. Sin smartphones antes de 14 años. Haidt no propone dejar a los niños sin teléfono: sugiere darles un móvil básico, sin acceso a internet ni aplicaciones, para que puedan llamar y ser localizados. Lo que retrasa es la entrada al smartphone como puerta abierta a todo internet. En sus propias palabras: «Un smartphone no es realmente un teléfono. Es un dispositivo multiusos a través del cual el mundo entero puede llegar a tus hijos».
2. Sin redes sociales antes de los 16 años. No como prohibición absoluta, sino como límite de edad similar a los que ya existen para el alcohol, el juego o el contenido adulto.
3. Colegios libres de teléfonos. No solo durante las clases: también en los recreos. Hay escuelas que ya lo están haciendo y los resultados son muy favorables: más interacción social, mejor clima de aula, menos ansiedad. «Tenemos informes de escuelas que son realmente libres de teléfonos, donde los niños los entregan por la mañana y se los devuelven por la tarde, y son muy favorables», explica. ¹
4. Más independencia y juego libre en el mundo real. Esta es quizá la propuesta más provocadora para muchas familias modernas: mandar a los niños a jugar a la calle. Dejarles ir solos al colegio. Permitirles aburrirse. Para apoyar esta idea, Haidt cofundó el proyecto Let Grow, una iniciativa que ayuda a centros educativos y familias a devolver la autonomía a los menores de forma gradual y coordinada.
La generación Z ya lo ve venir
Una señal de esperanza es que los propios jóvenes son cada vez más conscientes del problema. Haidt lo describe con una mezcla de reconocimiento y optimismo:
«Una de las grandes ventajas de la Generación Z es que ven lo que está pasando. No se niegan a aceptarlo, se sienten atrapados. Llevan años diciendo "no nos gusta esto, pero tenemos que seguir usándolo porque todo el mundo lo hace". Estamos viendo un gran aumento de jóvenes que se suman al movimiento; incluso niños de 9, 10 y 11 años que abogan por más independencia y más juego libre.» ¹
Y recuerda que los millennials —que también crecieron con internet pero llegaron a las redes sociales ya en la universidad, con el cerebro formado— tuvieron una adolescencia muy diferente y son, según los datos, una generación emocionalmente más estable. La pubertad, insiste Haidt, es el periodo crítico: lo que ocurre en esos años deja huella.
Lo que dicen los datos en España
Los datos españoles no son ajenos a esta tendencia. Un estudio de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) encontró que los ingresos hospitalarios por trastornos psiquiátricos en pacientes de entre 11 y 18 años aumentaron del 3,9% al 9,5% entre el año 2000 y mediados de los 2010. Los resultados del informe PISA muestran un deterioro del rendimiento académico que coincide con la generalización del uso de smartphones en el aula. Y los propios docentes españoles llevan años alertando de la dificultad creciente de mantener la atención de los alumnos durante periodos sostenidos.
Un mensaje de esperanza
Sería un error quedarse solo con el diagnóstico sombrío. Haidt es explícito en esto:
«La buena noticia es que cualquier familia que cambie estos hábitos obtendrá resultados increíbles.» ²
Las mejoras no requieren años; los estudios muestran que cuando los adolescentes abandonan las redes sociales aunque sea durante una semana, los niveles de depresión descienden de forma medible.
Y la dimensión colectiva del problema también es una buena noticia: si el origen es social —una trampa en la que todos caemos juntos—, la solución también puede ser colectiva. Un grupo de padres que se pone de acuerdo para no dar el móvil a sus hijos hasta los 14 o 16 años elimina la presión de grupo que hace tan difícil esa decisión en solitario. Un colegio que prohíbe el teléfono durante todo el horario escolar no castiga a nadie: libera a todos.
Para reflexionar y actuar
Haidt no pide que demonicemos la tecnología. Lo que pide es que tratemos el acceso de los menores a las redes sociales con la misma seriedad con que tratamos otros entornos de riesgo: con límites claros, aplicados de forma coordinada, y con alternativas reales en el mundo físico.
Para padres y educadores, su mensaje se resume en dos ideas complementarias: menos pantallas, más calle. Menos gestión de la imagen en redes, más conflictos resueltos cara a cara en el patio. Menos recompensas virtuales, más responsabilidad real. No porque la tecnología sea mala, sino porque la infancia necesita materiales que solo el mundo físico puede proporcionar: el riesgo calculado, el aburrimiento fértil, la negociación con los iguales, el barro, la rodilla raspada.
En palabras del propio Haidt durante su visita a Madrid: lo esencial es mandarlos a jugar a la calle y darles independencia.
Jonathan Haidt es profesor de liderazgo ético en la Stern School of Business de la Universidad de Nueva York y autor de La generación ansiosa (Deusto, 2024), La mente de los justos y La hipótesis de la felicidad. Su proyecto Let Grow puede consultarse en letgrow.org y sus recursos para familias y educadores en anxiousgeneration.com.
Referencias
¹ Victoria Moreno Gil, «Jonathan Haidt, psicólogo social: "Las redes sociales son tan adictivas como el juego"», entrevista para la agencia EFE, publicada en Infobae España, 26 de abril de 2026.
² «El psicólogo Jonathan Haidt alerta sobre el impacto de las redes sociales en menores», Infobae Tecno, 16 de enero de 2026.
La Generación Ansiosa, de Jonathan Haidt
Resumen para padres y educadores: lo más importante que deben saber
La tesis central en una frase
Entre 2010 y 2015 se produjo una Gran Reconfiguración de la infancia: los niños y adolescentes trasladaron su vida social del juego libre en el mundo real a los smartphones e internet. Esa transformación —no la pobreza, no las redes sociales por sí solas, no ningún suceso político puntual— es la causa principal de que las tasas de ansiedad, depresión, autolesiones y suicidio entre adolescentes se hayan disparado en todos los países occidentales al mismo tiempo, de forma sincronizada y sin precedentes.
Haidt lo resume con una imagen: hemos cometido dos errores simultáneos y opuestos:
- Sobreprotegemos a los niños en el mundo real (no los dejamos jugar solos, explorar, asumir riesgos razonables).
- Desprotegemos a los niños en el mundo virtual (les damos acceso ilimitado a smartphones, redes sociales y contenido para adultos sin ninguna barrera real).
Por qué esto no es una moda pasajera de "los jóvenes de hoy"
El aumento de ansiedad y depresión comenzó en el mismo periodo (2010-2015) en Estados Unidos, Reino Unido, Canadá y los países nórdicos, con el mismo patrón, afectando sobre todo a los nacidos después de 1995-1996: la primera generación que vivió la pubertad con un smartphone en la mano. Ninguna otra explicación (crisis financiera, política, desigualdad) encaja con esa sincronía internacional. El denominador común es el momento exacto en que los adolescentes pasaron del teléfono básico al smartphone con redes sociales.
Lo que los niños necesitan y que el teléfono les quita
- Juego libre y con riesgo, sin supervisión constante de adultos. Es la forma en que el cerebro infantil aprende a gestionar el miedo, resolver conflictos y desarrollar confianza en sí mismo. Haidt lo llama "modo descubrimiento": un sistema cerebral orientado a explorar oportunidades.
- Sintonización social cara a cara: aprender a leer expresiones, turnarse, sincronizarse con otra persona en tiempo real. Las redes sociales son mayoritariamente asincrónicas y "performativas" (uno actúa para una audiencia, no conversa de verdad), y eso bloquea ese aprendizaje.
- Sueño suficiente. En cuanto los adolescentes adoptaron el smartphone, empezaron a dormir menos y peor en todo el mundo desarrollado, con consecuencias directas sobre el ánimo, el rendimiento escolar y la salud mental.
- Atención sostenida. Permanecer en una tarea sin interrupciones es la base de la madurez cognitiva. Las notificaciones constantes fragmentan esa capacidad justo en los años en que se está formando.
- Ritos de paso reales: experiencias que marcan etapas (responsabilidades crecientes, primer trabajo, independencia progresiva). El mundo digital ha difuminado esas fronteras: un niño de 11 años puede acceder al mismo contenido que un adulto de 40.
Cuando el teléfono sustituye a estas cuatro experiencias, el cerebro adolescente —que entre los 9 y los 15 años está especialmente sensible al aprendizaje cultural— queda moldeado por el algoritmo en lugar de por la familia, la comunidad y el juego.
Por qué afecta de forma distinta a chicas y chicos
A las chicas las redes sociales (especialmente las visuales, como Instagram y TikTok) las perjudican más porque:
- Son más sensibles a la comparación de imagen y cuerpo.
- La agresividad entre chicas tiende a ser relacional (dañar reputaciones), y las redes multiplican esa vía de daño.
- Son más receptivas al contagio emocional: la ansiedad de unas se transmite a otras con más facilidad ("contagio social").
- Quedan más expuestas al contacto de adultos desconocidos y a la presión para enviar imágenes.
A los chicos los perjudica de otra manera: más aislamiento en videojuegos y pornografía, menos implicación en estudios y trabajo, mayor riesgo de quedar "atascados" sin avanzar hacia la vida adulta (los llamados ninis, o en su forma extrema, los hikikomori japoneses). Su salud mental también empeoró a partir de 2010, aunque por una vía distinta a la de las chicas.
Las cuatro reformas fundamentales — lo más importante de todo el libro
Haidt las presenta como las medidas que, aplicadas juntas y de forma colectiva, pueden mejorar de forma sustancial la salud mental de los adolescentes en apenas dos años:
1. La Fundación Rafael del Pino organizó, el día 25 de junio de 2026, la Conferencia Magistral de Jonathan Haidt “La generación ansiosa. Por qué las redes sociales están causando una epidemia de enfermedades mentales entre nuestros jóvenes.”
- Nada de smartphone antes de empezar el instituto (alrededor de los 14 años). Hasta entonces, teléfono básico, sin navegador ni redes.
- Nada de redes sociales antes de los 16 años. Dejar que el cerebro atraviese la fase más sensible de la pubertad sin estar conectado a un sistema diseñado para maximizar la comparación social.
- Colegios e institutos completamente libres de móvil durante toda la jornada (no solo "apagado en clase", sino guardado en una taquilla o estuche bloqueado desde que se entra hasta que se sale). Las normas a medias no funcionan: incentivan el uso a escondidas.
- Mucho más juego libre y sin supervisión, con responsabilidades e independencia crecientes según la edad.
Estas reformas tienen una ventaja decisiva: no requieren legislación ni grandes inversiones. Funcionan mejor cuando varias familias o un colegio entero las adoptan a la vez, porque resuelven el "problema de la acción colectiva": ningún padre quiere que su hijo sea el único sin teléfono, y ningún niño quiere ser el único sin redes. Si la comunidad se mueve junta, ese miedo desaparece.
Qué pueden hacer los educadores, concretamente
- Vetar los teléfonos durante toda la jornada escolar, no solo en el aula. La escuela media Mountain de Durango (Colorado) lo hizo desde 2012: los resultados fueron una mejora notable en la convivencia, la atención y el rendimiento académico, en una zona que partía de una de las tasas de suicidio adolescente más altas del estado.
- Aumentar el recreo y la calidad del juego: más tiempo, patios menos "esterilizados" (con elementos naturales y materiales sueltos), y menos normas restrictivas sobre cómo jugar.
- Considerar el método Let Grow (Proyecto Dejar Crecer): tareas para casa en las que el niño hace, con acuerdo de sus padres, "algo que nunca haya hecho solo antes" (ir a una tienda, volver caminando del colegio, etc.). Aumenta la confianza del niño y la de sus padres en él.
- Para los chicos en particular: más talleres, formación técnica y profesores varones, que ayudan a reactivar su implicación escolar.
Qué pueden hacer los padres, concretamente
Cambiar el modelo mental: de "carpintero" a "jardinero". No se trata de moldear al hijo con precisión (como un carpintero mide y corta), sino de ofrecerle un espacio seguro donde pueda crecer a su manera (como un jardinero prepara la tierra y luego deja que la planta haga lo suyo).
En el mundo real: dar más, no menos, libertad.
- Dejar jugar sin supervisión constante, en la calle, en el parque, con otros niños.
- Fomentar tareas y responsabilidades progresivas: hacer recados solo, ir caminando al colegio, tener un trabajo a tiempo parcial en la adolescencia.
- Buscar activamente espacios sin tecnología: campamentos, actividades al aire libre, tiempo con otras familias que compartan estos criterios.
En el mundo virtual: retrasar y limitar.
- Retrasar el primer smartphone hasta el instituto; antes, un teléfono básico si es necesario por seguridad.
- Retrasar las redes sociales hasta los 16 años.
- Para los más pequeños (hasta los 5-6 años): pantallas mínimas o nulas, salvo videollamadas familiares.
- Establecer límites claros, controles parentales y momentos y lugares sin dispositivos (comidas, dormitorio).
- Estar atentos a señales de uso problemático o adictivo: irritabilidad al quitar el dispositivo, incapacidad de parar pese a quererlo (como la hija de 6 años del propio Haidt, que le pidió a su padre que le quitara el iPad porque ella sola no podía dejarlo).
Coordinarse con otras familias. Es el punto que Haidt más insiste: actuar en solitario es difícil y genera culpa o aislamiento social para el hijo. Actuar junto con otros padres del colegio o del barrio multiplica la eficacia y reduce la presión social en ambas direcciones.
La idea de fondo que conviene retener
Haidt no plantea esto como una cuestión moral de "buenos" y "malos" padres, ni de demonizar la tecnología en abstracto. Lo plantea como una cuestión de diseño: las redes sociales y los smartphones fueron diseñados deliberadamente para maximizar el tiempo de uso, no el bienestar de quien los usa. El cerebro adolescente, todavía en formación, es especialmente vulnerable a ese diseño.
La solución que propone no es "más miedo a la tecnología", sino devolver a los niños algo que ya tenían y que perdimos por descuido colectivo: tiempo de juego real, riesgo razonable, comunidad presencial y un periodo de protección antes de exponerlos a un entorno digital que ni siquiera los adultos manejamos bien del todo.
Fuente: Jonathan Haidt, "La generación ansiosa: Por qué las redes sociales están causando una epidemia de enfermedades mentales entre nuestros jóvenes", Editorial Deusto/Planeta.
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